[...] Por fin apareció el tren por la boca del túnel. No estaba mal, veintitrés minutos, el luminoso solo se había equivocado en veinte. "Dejen salir antes de entrar" rezaba un cartel pegado al cristal de la puerta del vagón pero nadie le hacía caso. Mario accedió al interior del vagón y una vez las puertas se cerraron observo las caras de los viajeros. A su izquierda, sentada, una mujer daba pecho a un niño que succionaba con avidez, deleitándose en cada una de sus libaciones. En otro asiento del vagón un adolescente con aspecto desliñado, rastas, coloridas y amplias ropas, leía un libro. De pie frente a el, lo que supuso un ejecutivo por su cuidado e impoluto traje y The Financial Times bajo su brazo.
Dos paradas mas y habría llegado a su destino. Al salir al exterior inspiro profundamente, recreándose en los diferentes aromas que se respiraban en esa parte de la ciudad, en cada sonido y sus ojos captaban un arco iris de colores en las fachadas de las casas que le rodeaban. Samada era especial, una ciudad llena de vida, un lugar donde la gente era amable y servicial y su acento regalaba sus oídos.Estaba claro que Mario nunca volvería a ser el mismo, su percepción de las cosas había cambiado. La realidad parecía distinta. Sus ojos brillaban intensamente cuando su mente volaba a lugares lejanos.
Dos paradas mas y habría llegado a su destino. Al salir al exterior inspiro profundamente, recreándose en los diferentes aromas que se respiraban en esa parte de la ciudad, en cada sonido y sus ojos captaban un arco iris de colores en las fachadas de las casas que le rodeaban. Samada era especial, una ciudad llena de vida, un lugar donde la gente era amable y servicial y su acento regalaba sus oídos.Estaba claro que Mario nunca volvería a ser el mismo, su percepción de las cosas había cambiado. La realidad parecía distinta. Sus ojos brillaban intensamente cuando su mente volaba a lugares lejanos.
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